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PAOLO SORRENTINO CINE CITTA


“EL DIRECTOR SE APOYA EN UN PILAR DEL CINE ROMANO, LA DOLCE VITTA DE FEDERICO FELLINI, PARA REVISITAR SU CIUDAD DE ADOPCIÓN MEDIO SIGLO DESPUÉS DEL GRAN FRESCO DEL MAESTRO



Una de las funciones del arte, tanto del 7º arte como de los demás, consiste en alterar los defectos de una época para encontrar en ellos cualidades estéticas. ¿por qué cada contexto histórico, geográfico o cultural se forma su propia idea de la belleza? Porque el cometido de la misma es hacer tolerables los horrores del presente al que pertenece. Es muy común que un poeta halle la inspiración en las pesadillas desveladas de sus contemporáneos. La peste negra dio origen a las danzas macabras de la baja Edad Media, los genios del Renacimiento difundieron el culto al cuerpo mediante las guerras de Italia, la absurdidad de las novelas de Franz Kafka era reflejo de la sociedad austro-húngara. ¿La revolución industrial maltrataba el paisaje? El cubismo vino para romper con la perspectiva… No es que el artista sea prisionero de las vicisitudes de su época, sino más bien que intenta encontrarles circunstancias atenuantes. Cuando nos reunimos con el director Paolo Sorrentino, acababa de terminar la toma de vistas de una película que todavía no tenía título, de la que sabía vagamente que trataría de Roma, aunque no sería una película sobre Roma en sentido estricto. Eso era todo lo que se sentía capaz de revelar en la mesa de montaje. Trataría de la historia de un periodista de 65 años muy metido en los bajos fondos romanos, soltero empedernido y sin hijos, que terminaría por asustarse de la fragilidad de una existencia excesivamente voluptuosa, refugiándose en el amor idealizado por una muerta.

 


SECRETISMO

¿Recuerda La Dolce Vita de Fellini? Imagine el candor de la mirada que ofrecía sobre Roma, desengañada por cincuenta años de crueles lecciones. Era necesario alguien de la envergadura del cineasta, que ofreció a Sean Penn el que probablemente ha sido el papel de su vida (el de una vieja estrella del rock gótico que engaña su depresión dando caza a un nazi casi centenario), para retomar una de las mejores películas del siglo pasado. Paolo Sorrentino trabaja como esos acuarelistas que bosquejan paisajes con unos pocos trazos de color, precisos y toscos al mismo tiempo. En Il Divo, largometraje que le valió el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, el cineasta apuntaba ya el gusto por las fórmulas metafóricas. A través de ese retrato de Giulio Andreotti, presidente del Gobierno en siete ocasiones y el que fuera sin lugar a dudas el político italiano más influyente de la posguerra, estudia el carácter de una personalidad eclesiástica con una gran habilidad para adentrarse en los arcanos de una República de secretismos y revoluciones de palacio. Este personaje eminentemente romano no parece ver en la justicia más que un refinado instrumento de dominación que sus ancestros fueron transmitiendo como legado de generación en generación. Una de las secuencias más elocuentes de esta película casi muda refleja el encuentro entre el jefe de gobierno y el de la mafia siciliana. Sentado, frío como una estatua de cera, el político ve acercarse a un campesino empapado en sudor cuya lentitud desvela una paciencia de asesino. El mafioso se sitúa tan cerca de Andreotti que éste observa una pequeña mancha en la bragueta de su pantalón. No obstante, el impecable estadista supera su repulsión al abrazar al ruin individuo que ha venido a rendirle homenaje.


TOLERANCIA Y DESORDEN

«No soy muy cosmopolita –insiste Paolo Sorrentino–. Pero creo que ninguna otra metrópolis se parece realmente a Roma. En otros lugares, las categorías deben de ser más nítidas, menos permeables». En cierto sentido es como si la ciudad eterna fuese demasiado vieja como para distinguir con acierto el contorno de las cosas. «No se trata únicamente de una capital política, es también la capital de la burocracia, del espectáculo y de la fe. Su fealdad, y también su belleza, residen en una extraña vocación de confusión». Roma es un antiguo pantano que se ha convertido en el de la vida italiana. Tiene la genialidad de lograr que convivan en su seno distintas dimensiones que no pueden cooperar sin comprometerse. Es un arma de doble filo que crea, al mismo tiempo, tolerancia y desorden. Cuando estas esferas chocan, surgen excesos que pueden resultar magníficos, comparables al caos monumental que los romanos denominan clasicismo: columnas paganas que sustentan el pórtico de una iglesia, manzanas de viviendas sostenidas con arbotantes sobre un teatro antiguo, estatuas de atletas olímpicos recluidas en nichos de piedra. ¿No es Roma un Hollywood sobre el Tíber, una América Latina? Al fin y al cabo, ¿no cuenta acaso el cine local con los estudios de Cinecittà, verdadero polo de atracción, en su edad de oro y todavía hoy, de superproducciones internacionales? Sin embargo, parece que esta gigantesca máquina se ha convertido en un lujo exorbitante para el país, cuyas políticas culturales siempre se han quedado perplejas ante este legado desmesurado de la propaganda fascista. Es innegable que ofrecía medios ambiciosos a los directores de cine nacionales, pero el reflujo histórico de estos últimos la convierte en una herramienta tan inadaptada al volumen real de sus necesidades como lo sería la entrega de una flota de bombarderos a una comisaría de barrio.


PAOLO SORRENTINO EN 7 FECHAS

1970 Nace en Nápoles el 31 de marzo

1994 Debuta como director con ocasión del rodaje del corto Un Paradiso

2001 Su primer largometraje, L’Uomo in Più, obtiene el Nastro d’Argentoal mejor director novel

2004 Les Conséquences de l’amour, historia de un mafioso que se enamora en el exilio, es seleccionada en el Festival de Cannes

2008 Estreno de la película Il Divo, retrato del cacique de la política italiana Giulio Andreotti, que obtendrá el Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

2011 Dirige a Sean Penn y Frances McDormand en This Must Be the Place

2013 Realización de una Dolce Vita más de cincuenta años después de la de Federico Fellini


LEYENDA URBANA

Además, Roma no es precisamente una valedora del 7º arte. Manifiesta una cierta indiferencia por los rodajes que tienen lugar en su sueloSus monumentos atraen a los turistas, pero en cambio intimidan a los cineastas, que los esquivan por miedo a los tópicos. Paolo Sorrentino no ignora el riesgo de caer en la trampa de la postal: «Si dos personas se besan delante de la torre Eiffel, es un cliché. Si son agredidos en ese mismo lugar, se convierte en un drama». Fellini dijo una vez que todos los italianos hacen teatro, pero que solo los menos dotados hacen de ello su oficioSegún Sorrentino, su ilustre predecesor no solo inventó el término «paparazzo», ese personaje del fotógrafo de escándalos de La Dolce Vita cuyo nombre ha pasado ya al vocabulario universal. Según él, la Roma de los años cincuenta era una capital provinciana que se acostaba antes de las diez de la noche, y donde bastaba que una tienda de ropa pusiese unos sombreros en el escaparate para crear un acontecimiento. Fellini, que no se aventuraba nunca hasta via Veneto, se conformaba con lo que le contaban de ella sus amigos americanos. El magnífico instinto de abandono que reivindica la sociedad romana sería pues una leyenda urbana, un papel que la ciudad se empeña en interpretar desde hace lustros. En La Dolce Vita, esta última se transforma a un ritmo tal que la búsqueda de novedades se convierte en una manifestación de la inmovilidad. La fuerza de este guión está en que crea de la nada el miedo al vacío que sentirían las generaciones veniderasAunque existe una diferencia notable entre la época ficticia de Fellini y la nuestra: se basa en el hecho de que una comunidad de individuos pierde sus ilusiones a medida que adquiere experiencia. «Es al mismo tiempo un progreso y un motivo de desaliento que la vuelve más vulgar, más cruel», valora Paolo Sorrentino. ¿La Roma del «milagro económico» era más feliz?, ¿su inocencia estaría fuera de lugar en nuestros días? El cineasta parece ser de esa opinión. «Hoy en día es dificilísimo asombrarnos».


Realización Sandrine Giacobetti - Textos Julien Bouré - Fotografías Jean-Claude Amiel



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