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EL CUERO DE LOS CAMIONES

CIUDADANOS honoríficos

Los hermanos diseñadores Daniel y Markus Freitag hacen
marroquinería fina reciclando lonas de camión. Tras haberse hecho un hueco en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y haber consolidado su presencia en las calles del mundo entero, estos dos pioneros zuriqueses declaran abierta la caza a los camiones de carga.


DANIEL Y MARKUS FREITAG EN 7 FECHAS

1971 Nace Markus.

1972 Nace Daniel.

1993 Creación del modelo F13 Top Cat, su primer bolso messenger en lona de camión, que aún hoy sigue siendo el best-seller de la marca.

2003 Su modelo original entra en la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA).

2006. Construcción de la torre Freitag, una pirámide de contenedores que alberga su mayor boutique.

2010 Lanzamiento de una colección de temporada: la Freitag Reference.

2011 Debido a la falta de espacio, la producción se traslada a una fábrica de 7.500 m2.




HAY CIUDADES DE VANIDADES TEMIBLES. EN PARÍS, NUEVA YORK, LONDRES, ROMA, CIERTOS DESPLIEGUES DE ESPLENDOR PARECEN DEMOSTRACIONES DE FUERZA, COMO SI SU BELLEZA SE RESUMIERA A UNA CRUEL SEDUCCIÓN DEL PODER. Hay otras, como sucede con Zúrich, que se presentan al visitante en la más inocente desnudez: sus pretensiones parecen tan tenues que se puede ver a través de ella como si fueran de papel transparente. Son ciudades que se dejan sorprender con una ingenuidad que desarma. Ciudades que avanzan sin poses, sin preocuparse de ser espiadas. Zúrich nunca se aventuró a imitar a su época. En vez de granjearse el humor cambiante del tiempo que pasa, ha esperado juiciosamente su momento. Mientras tanto, sus paisajes rara vez han contribuido a las experiencias de la modernidad. Es cierto que ha habido incursiones de algunas arquitecturas de importación: Belle Époque francesa, neobarroco italiano, Bauhaus alemán, pero su severidad hace pensar en esas plantas exóticas mal aclimatadas a la atmósfera enrarecida de las altas montañas. Ahora, el presente le sienta a Zúrich como una segunda piel: en estos tiempos postindustriales, ecológicos, conservadores, de posicionamientos estrictos, la frugalidad de la ciudad pasa por una sobriedad bienvenida. No cabe duda de que las incertidumbres de la crisis obligan a la Humanidad despil-farradora a redescubrir la castidad purificante de Zúrich.

LA ELEGANCIA DEL RECICLAJE

Convertidos en maestros en el arte de hacer de la necesidad una virtud, los hermanos Daniel y Markus Freitag encarnan a su manera este espíritu suizo que saca su ingenio de una formidable economía de medios. Este pareja de ases del diseño construyó su carrera sobre una adaptación del bolso messenger, la famosa cartera estilo bandolera que es el accesorio universal de los carteros. Pero la reinvención de este modelo legendario no es tanto lo que llevaría al éxito de los dos estilistas zuriqueses como la elección de las materias primas. Una elección que marcaría un hito en la historia de la peletería, como ya hicieran en su día el fabricante de sillas de montar Hermès, el fabricante de maletas Louis Vuitton o el marroquinero Gucci... Fue un concepto visionario el que concibió hace casi veinte años el espíritu compartido de ambos hermanos aún estudiantes de artes gráficas. A la búsqueda de una funda para proteger sus dibujos, crearon una cartera de lona de tráiler forrada con una cámara de aire de bicicleta, y a la que añadieron una correa hecha a partir de un cinturón de seguridad. No solo los elementos estaban disponibles a precios irrisorios, sino que el ingrediente principal combinaba las cualidades resistentes e impermeables del caucho, los colores tenaces del plástico y el grano de un buen cuero. Tenía garantía de por vida y sus desgarrones se podían reparar fácilmente con un poco de resina tintada... Los hermanos Freitag acababan de inventar la elegancia del reciclaje al atribuirle un nuevo destino, útil y decorativo, práctico y precioso, a los residuos de la carretera.

MANOS A LA OBRA

Por otra parte, el gran Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) acertó plenamente al incluir su primera creación (posteriormente bautizada el F13 top cat) en su colección permanente. En cuanto al Museo de Diseño de Zúrich, recientemente dedicó una exposición a los dos jóvenes héroes de la identidad visual suiza. Al fin y al cabo, esos bolsos subliman la resurrección de los materiales con una precisión que evita cualquier similitud con un patchwork de fiambres, alejándolos de unas hipotéticas criaturas de Frankenstein cosidas con hilo blanco. Cada año, unas 400 toneladas de lonas son cuidadosamente cortadas a mano con la precisión de un carnicero que corta los músculos de una pieza de carne. Y es que se requiere una inteligencia gráfica para saber cortar por lo sano sobre los gráficos de una marca, seleccionar las letras más significativas o invertir el sentido de un fragmento de un logotipo… lo que hace de cada bolso una obra única. Las lonas tampoco se eligen aleatoriamente. Se considera que las de los camiones son las más sólidas, y su desgaste es el más interesante, siempre y cuando hayan estado sometidas a la intemperie de cinco a siete años. Esta pátina aporta un carácter más natural que el de los vaqueros envejecidos artificialmente, certificando además que se trata de una tela que ha cumplido su cometido, aspecto sin el cual el bolso no sería más que una enésima imitación de empresa sostenible. Así pues, la cadena de fabricación funciona según el método “justo a tiempo”, al ritmo de las remesas de telas. El problema principal de estas entregas espontáneas de materia prima reside en su excesiva uniformidad (abundancia de azul, rojo y blanco roto): para darle un poco de variedad a esta paleta cromática, se envían equipos a los peajes de las autopistas de toda Europa en busca de colores raros (el negro por ejemplo, que los transportistas de mercancía evitan cuidadosamente debido a su nefasta tendencia a absorber el calor). Resulta curioso asomarse al departamento de estilo de la empresa para constatar que está repleto de revistas especializadas en camiones de carga y ver a sus jóvenes diseñadores que vuelven de almorzar en un comedor arty dispuestos a ponerse manos a la obra y estudiar las últimas tendencias en las carreteras.

CAJÓN DE SASTRE

Los hermanos Freitag ya han elaborado unos cincuenta prototipos divididos en dos categorías: una línea viril que saca partido de los estampados de la lona, y una más clásica cuyas superficies unidas resaltan sus cualidades de piel exótica. Unos tienen el encanto arañado de la herrumbre y de la desindustrialización, los otros, una pureza a medio camino entre la piel y el mineral. Los retales sirven para fabricar carteras o fundas de teléfono móvil, y los materiales sobrantes son íntegramente reciclables tras proceder a la separación del PVC y el poliéster. En su conjunto, la fábrica funciona como una gigantesca planta de reciclaje. Tras sus muros de hormigón visto y sus puertas en moiré metálico de hojalata, recoge y filtra 4 millones de litros de agua de lluvia al año. Mucho antes de su instalación en este emplazamiento digno del Silicon Valley, la producción se realizaba en una pirámide de 17 contenedores apilados a lo largo de las vías del ferrocarril. Este rascacielos creado con una mentalidad de cajón de sastre es en la actualidad el buque insignia de la marca (que posee otras ocho boutiques en propiedad en Zúrich, Davos, Berlín, Hamburgo, Colonia, Viena, Nueva York y Tokio). También es el monumento más interesante de Zúrich, y probablemente fuera su punto culminante hasta que la construcción adyacente de un monolito en espejo de vidrio lo hiciera de pronto parecer minúsculo. En el fondo, la torre Freitag corrigió ella sola la fisionomía anodina de este barrio desangelado, que desde entonces se ha convertido en uno de los más sofisticados de la ciudad. ¿Acaso no basta con yuxtaponer un color a otro para que el primero cambie de aspecto? Un reciclaje exitoso es una ilusión óptica, igual que no vemos desfilar ante nuestros ojos el mismo paisaje si escuchamos música electrónica o bel canto… El talento de los hermanos Freitag es el de los grandes ilusionistas.




Realización Sandrine Giacobetti Textos Julien Bouré Fotografías Jean-Claude Amiel



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