Usted se encuentra aquí : Inicio > Gente > Douglas Kennedy, la Gran Manzana a Amordiscos

Douglas Kennedy, la Gran Manzana a Amordiscos

  Contenido de Nespresso

Este novelista neoyorquino, traducido a dieciocho idiomas pero controvertido durante mucho tiempo en los puritanos estados unidos, es un auténtico producto de la big apple, esa gran manzana del paraíso terrestre.


DOUGLAS KENNEDY AFIRMÓ UN DÍA QUE EN SUS NOVELAS, LAS CIUDADES ERAN UN PERSONAJE MÁS… LA SUYA, NUEVA YORK, TIENE LAS CUALIDADES DE UN ESCRITOR, Y TAMBIÉN SUS DEFECTOS. Es locuaz, reflexiva, intrincada, a diferencia de Los Angeles, su antagonista de cultura más fotográfica, menos literaria, capaz de encapsular una biblioteca entera en 1 hora y media de bobina, desde el primer plano a los títulos de crédito finales. La imagen está siempre cargada de sentido, es a un tiempo insinuante y evidente. Desde luego, de los siete artes mayores, el de la escritura es el más libre: no se apoya en los sentidos, que siempre son restrictivos, sino en la imaginación, cuyos recursos son infinitos. Además, la inspiración de un autor no tiene que negociar con los mármoles, una paleta de colores, las teclas de un piano o el ego del actor. Pero esta libertad le impone a su vez nuevas obligaciones. A los escritores se les suele reprochar su cinismo porque la transcripción consiste en recrear una realidad complicada, es decir, en alterarla para hacerla legible, en exagerar los rasgos para volverla más clara. La literatura está destinada a ser una caricatura, mientras que las demás disciplinas producen metáforas o reproducciones selectivas. Durante mucho tiempo, Douglas Kennedy fue publicado en dieciocho idiomas sin serlo en su propio país. Esta antigua reticencia de los editores estadounidenses ante un autor de éxito, aún más sorprendente teniendo en cuenta que escribe en inglés, se debe sin duda a la incomprensión suscitada por una obra bastante volteriana, llena de matices, siempre dispuesta a transformar el mojigatismo reinante en ridículo, algo típico del espíritu neoyorquino, esa cabeza demasiado pensante de los Estados Unidos.



MANHATTAN

A sus ojos, a pesar de que Manhattan paradójicamente se haya empobrecido al enriquecerse, este distrito sigue siendo diferente, importante. «Todas las clases medias, el underground, la bohemia que vivía aquí hasta finales del siglo pasado se mudó a Williamsburg o a Hoboken, al otro lado de los puentes y de los túneles.» Manhattan se moderniza, se trivializa. Pero sigue siendo un lugar desbordante de energía y a donde todavía se viene para ser periodista, escritor, director. «Me siento más neoyorquino que estadounidense: mi tempo es claramente el de esta ciudad que piensa deprisa, con un sentido del humor mordaz y una ambición desenfrenada.» No le hace mucha gracia sorprenderla mirando a Europa por encima del hombro para reforzar su sentimiento de superioridad. Pero tras haber vivido en Dublín, Londres, París, Berlín y Maine, se sigue sorprendiendo al constatar hasta qué punto Nueva York modifica el carácter del visitante y le lleva, a su pesar, a distanciarse. Solía tomarles el pelo a sus amigos californianos comparando Los Angeles con Nueva Jersey, pero con más sol. «Tengo que admitir que en la actualidad L.A. se ha convertido en un lugar serio más allá de la imagen superficial: hay cines por todas partes, magníficos restaurantes abiertos al anochecer. No es únicamente la capital del cine, es también la capital de la televisión, que acaba de entrar en su edad de oro gracias a los guionistas de talento que allí viven. De todos modos, a pesar de que L.A. cuenta con Hollywood, Nueva York es seguramente la ciudad americana más espectacular. Tiene a sus novelistas y sus poetas a quienes entusiasma desde Melville, su música de Broadway, su impacto determinante en el arte, en especial el abstracto… Además, Nueva York no necesita estudios, es uno por naturaleza.»



RECUERDOS

Nueva York se ha reinventado sin cesar desde su fundación, abandonando tras cada muda capas de distintas epidermis sobre las aceras. «Todavía me veo, de niño, atravesando el puente de Brooklyn todos los domingos para visitar a una tía abuela que vivía en lo que no era todavía la ribera derecha de Nueva York, sino una ciudad distinta. Esta estructura en ojivas neogóticas que atraviesa literalmente la ciudad es un retorno brutal a los comienzos de la era industrial. Me encantan los puentes, porque sirven para cruzar y por lo tanto tienen mucho en común con los barcos. Incluso los más pequeños tienen esa facultad de hacerte levitar: como los de París, que ofrecen unas vistas increíbles.» Douglas Kennedy creció en la esquina de la calle 19 con la 2ª Avenida, un barrio de clase media bastante cercano al de Gramercy Park, donde se encuentran algunos restos de la arquitectura primitiva de Nueva York. «Era un barrio bastante ricachón, mi madre incluso había cogido la costumbre de exclamar “¡Esto es Gramercy Park!” ante todo lo que excedía nuestro tren de vida habitual. Los fines de semana, mi padre me llevaba a comer a la Pete’s Tavern, que debe remontarse a la época de la guerra de la Independencia.» Tras una fachada alquitranada se alza aún la venerable sala, abovedada sobre su barra mineralizada como un viejo dandi sobre su bastón de caoba. «Pedía espagueti con albóndigas a un dólar y me observaba comer mientras él se tomaba una pinta de cerveza. Recuerdo que me sentía proyectado al mundo de los adultos.»



ESTIMULANTES

El pequeño comercio se convierte en un bien cada vez más raro en Nueva York, un combustible fósil devorado por esta enorme máquina postmoderna. «Ya no se encuentra ni una tienda de discos auténtica delante del New York City Ballet, ni de libros raros en torno al Lincoln Center. Strand Bookstore es tal vez el último buen librero de la ciudad: trece kilómetros de paraíso libresco repartidos en cuatro pisos y una enorme colección de volúmenes de ocasión, a menudo agotados y en ocasiones ejemplares casi imposibles de encontrar.» Douglas Kennedy afirma que termina un guión cada dieciocho meses. «Pero mi trabajo es ser novelista. No tengo aspiraciones de dirigir en un futuro: lo que me interesa es colaborar con buenos cineastas, como he hecho ya con Patrice Leconte u Olivier Assayas. Soy un cinéfilo. Durante mi adolescencia, Nueva York estaba llena de pequeños cines independientes, con una programación ecléctica. Hoy en día han desaparecido casi todos, con excepción de un puñado de ellos, como el Film Forum: ir allí no es simplemente sentarse en una sala oscura, es salir para ver una película.» Cuando dejó los cigarrillos, hace quince años, Douglas empezó a tomar mucho café. «Según parece Balzac tomaba veinte tazas diarias. Yo, por mi parte, bebo seis o siete espressos al día.» Hasta llegar al ritmo del genio francés, ha instalado máquinas Nespresso en todas sus residencias para poder degustar sus Grand Cru Ristretto, variedad que aprecia por su intensidad. «No arranco la mañana sin una dosis doble de café. Solo a continuación, el mundo se abre ante mí.»



SUS CINCO LUGARES IMPRESCINDIBLES EN NUEVA YORK

«A los 13 años, tenía muchas pretensiones intelectuales (y las sigo teniendo). Mis padres tuvieron que regalarme para mi cumpleaños una tarjeta de miembro del MoMA, cuya cinemateca me encantaba: es un lugar mágico para llevar a una chica. Los cinéfilos también irán al Film Forum para ver una de las últimas películas independientes de la ciudad. Igualmente teatral, el Village Vanguard es aún ese club de jazz mítico donde sigue presente el espíritu clandestino de sus orígenes. La Strand Bookstore es una isla de tesoros literarios, mientras que la decoración fosilizada como una concha antidiluviana del Pete’s Tavern alberga el que tal vez sea el mesón más antiguo aún en pie de Nueva York. Por último, el Puente de Brooklyn, en mi opinión la estructura más icónica de Nueva York (el poeta Hart Crane le dedicó una famosa selección titulada “The Bridge”).»



DOUGLAS KENNEDY EN SEIS FECHAS

1955 - «Nací en Manhattan, en una ciudad aún habitada por las clases medias. Todavía no era este Mónaco hiperactivo en que está a punto de convertirse.»

1977 - Se muda a Dublín, donde trabaja como administrador de un teatro.

1983 - Dimite para dedicarse a la escritura de obras de teatro y se enfrenta a un fracaso provisional.

1994 - Aparición de su primera novela, The Dead Heart, que no tarda en ser adaptada al cine por Stephan Elliott, el director de la inolvidable Priscilla, reina del desierto.

1997 - Éxito internacional de su segunda novela, The Big Picture.

2011 - Publicación de El momento en que todo cambió, su undécima novela.


Texto : Julien Bouré - Fotografías : Jean-Claude Amiel



Aluminio: una vida infinita

Nespresso

Aluminio: una vida infinita

Leer Leer

Archivos

Todas las personas Ver Ver

Más contenidos : Magazine Magazine Ver más Ver más

Previous Previous Next Next
© Nestlé Nespresso S.A. 2010 . Política de Nespresso . Condiciones . Acerca de Nespresso . Créditos . Nespresso Websites
Opsone Fcinq